Por Liliana Dorrego – Comunicadora Social y Analista Política
Hablarle a todos, en términos de comunicación, es muchas veces no hablarle a ninguno. Parece una contradicción, pero no lo es. En una sociedad atravesada por diferentes realidades, necesidades, intereses y formas de interpretar el mundo, resulta imprescindible detenernos en una pregunta tan sencilla como profunda: ¿a quién le estamos hablando?
Tenemos que partir de una realidad que, aunque parezca una regla general, muchas veces se ignora: a nadie le importa demasiado aquello que no logra vincular con su propia vida.
Vivimos inmersos en un universo de mensajes, discursos, opiniones e información. Cada uno intenta captar nuestra atención, despertar una reacción o instalar una idea. Sin embargo, en medio de semejante bombardeo comunicacional, olvidamos algo esencial: del otro lado hay personas con sus propias preocupaciones, experiencias y prioridades.
Un golpe a nuestro ego puede convertirse en un verdadero obstáculo cuando pretendemos que los demás se interesen por aquello que nosotros consideramos importante, sin preguntarnos primero si tiene algún significado para ellos.
En la comunicación política, este fenómeno adquiere una dimensión todavía más profunda.
Quienes habitan los universos de la política suelen compartir códigos, debates, preocupaciones y discusiones que consideran centrales. Pero esos universos no necesariamente coinciden con la vida cotidiana de los ciudadanos.
La política y la sociedad no siempre están hablando de lo mismo, aunque compartan el mismo territorio.
Mientras algunos discuten estrategias, posicionamientos, disputas internas o escenarios electorales, otros están preocupados por llegar a fin de mes, sostener su trabajo, educar a sus hijos, cuidar su salud o encontrar respuestas a necesidades concretas.
Y aquí aparece uno de los mayores desafíos de la comunicación política: comprender que el receptor no necesariamente comparte nuestras prioridades ni interpreta los acontecimientos desde nuestra misma perspectiva.
Entender a quién queremos llegar implica mucho más que identificar votantes, ciudadanos, dirigentes, empresarios, trabajadores o sectores sociales. Significa reconocer que detrás de cada una de esas categorías existen seres humanos con historias, expectativas, sentimientos y derechos.
No alcanza con construir un discurso atractivo. Tampoco con segmentar audiencias, repetir consignas o multiplicar publicaciones en las redes sociales.
Comunicar no es simplemente hablar. Es comprender al otro.
Y comprender exige escuchar, observar, interpretar y, fundamentalmente, involucrarse de manera genuina y responsable con la realidad de nuestra comunidad.
Porque cuando la comunicación se convierte únicamente en una herramienta para alimentar el ego, imponer una mirada o buscar reconocimiento, pierde su sentido más importante: establecer un vínculo humano.
En política, ese error puede resultar particularmente costoso. Se puede tener presencia mediática, exposición pública y una estrategia cuidadosamente diseñada, pero nada de eso garantiza que el mensaje llegue al corazón o a la conciencia de la sociedad.
La verdadera comunicación política no debería medirse solamente por la cantidad de personas que escuchan un discurso, sino también por la capacidad de ese discurso para representar, interpretar y conectar con sus realidades.
Por eso, antes de preguntarnos qué queremos decir, deberíamos preguntarnos a quién queremos llegar, qué necesita escuchar y, sobre todo, si estamos dispuestos a escuchar nosotros también.
Porque, finalmente, no se trata de estar o no estar en el universo de la política. Se trata de estar presentes en la realidad de nuestra comunidad.
Liliana Dorrego
Comunicadora Social – Analista Política
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