Existe una diferencia entre informar y comunicar políticamente, y es mucho más profunda de lo que se suele admitir en el ámbito de la difusión de actividades, gestiones y acciones de las instituciones, organizaciones o gobiernos.
Se informa cuando se detalla qué, cuándo, cómo, dónde y por qué. Nadie subestima la eficiencia de la descripción puntual y objetiva, que enumera datos y aclara. Es la base de una información técnicamente correcta.
Pero ahí está también el primer gran problema: muchos creen que con eso alcanza.
Creo que comunicar políticamente es otra cosa. Es ir un paso más allá, definiendo de manera simple pero efectiva el impacto positivo o negativo que una acción tiene sobre la comunidad. Es explicar consecuencias, detallar propósitos y, sobre todo, dejar claro en qué parte del camino estamos.
Sin embargo, la mayoría de la comunicación gubernamental se queda en la superficie. La difusión de las actividades de la dirigencia generalmente opta por ese primer tramo: mostrar agenda, recorridas, fotos, nombres. Así nos enteramos qué hicieron, dónde estuvieron y quiénes los acompañaron, poniendo como protagonista al candidato, funcionario o legislador.
Y aunque funciona, es insuficiente.
Porque en estos tiempos, la única pregunta que importa es otra:
¿por qué debería importarle a la gente?
¿Qué hace que un hecho sea relevante para la opinión pública?
¿Qué lo vuelve digno de ser recordado o replicado?
Si la comunicación no responde a eso, no comunica: solo expone.
Tiene que tener relación con la vida de nuestra audiencia. Tiene que tocar algo real. Tiene que interpelar. Solo así deja de ser un dato momentáneo para transformarse en algo que permanece.
En todas las cumbres de comunicación política a las que asistí, la experiencia vivencial en territorio y las charlas sobre experiencias comprobadas de otros me enseñaron algo que se repite sin excepción: no perdura lo que se muestra, perdura lo que deja huella.
Y ahí está la diferencia de fondo.
Aunque se diga que lo único permanente es el cambio, hay algo que no cambia: la necesidad de sentirse parte. Por eso, entender, interpretar y visibilizar cómo impactamos en la vida del otro, poniéndolo como protagonista, no solo es empatía, sentido común y asertividad.
Es un camino que visibiliza enfoque, propósito y cercanía.
Y es, además, la única forma real de ser recordado e impactar en la comunidad. Eso jamás va a cambiar.
Liliana Dorrego
Comunicadora Social – Analista Política
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