Creo que el águila no vive como las demás aves porque fue creada para algo distinto. No se conforma con volar bajo ni con alimentarse de lo que cae al suelo. Fue hecha para las alturas, para los cielos abiertos, para enfrentar tormentas y no huir de ellas. En esa imagen encuentro una enseñanza que interpela mi propia vida y mi manera de mirar los procesos que atravesamos.
Cuando las tormentas llegan, la mayoría busca refugio. El águila, en cambio, se eleva por encima del viento contrario y lo utiliza para subir más alto. Así también creo que obra Dios con nosotros: muchas veces aquello que parece venir a debilitarnos termina siendo lo que nos impulsa a crecer, a fortalecernos y a descubrir una nueva dimensión interior.
El águila sabe esperar. No se desespera; observa, guarda silencio y luego vuela con precisión. Hay momentos en la vida en los que se nos pide paciencia y fe, porque se está formando en nosotros un carácter más firme y una visión más clara. Y también llegan los tiempos de renovación, esos procesos que duelen, pero que son necesarios para volver a empezar con mayor fortaleza.
La Palabra lo expresa con claridad: “pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas” (Isaías 40:31). Este pasaje nos recuerda que la verdadera fuerza no proviene solo de nuestras propias capacidades, sino de Dios, especialmente cuando sentimos que el cansancio invade el alma.
El águila vuela sola, no por orgullo, sino porque entiende que no todos pueden acompañarla a grandes alturas. A veces las separaciones no son castigos, sino caminos necesarios para llevarnos más alto, más profundo y más cerca del propósito que Dios tiene para cada uno.
Si hoy atravesamos tormentas, no perdamos la esperanza. Tal vez Dios nos esté enseñando a volar más alto, a confiar más y a renovar la fe. Porque fuimos creados para levantarnos, para seguir adelante y para desplegar alas nuevas aun en medio de la dificultad.
Justina Almirón
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